Huésped de bolsillo

Ya, en el hospital, Diabloadentro y yo supimos que el gran Semefo, con sus 256 pixeles de sentidos compensatorios por su pérdida de visión, no se dejó caer de las escaleras tal como lo pensamos, sino que, él afirma, un fantasma miniatura pasó a su lado y, además, arañó o mordió su bota. En el hospital, ya cuando lo dieron de alta, al inspeccionar su ropa, efectivamente, además de las marcas que pueden hacer las caídas por las escaleras, su pantalón dejaba ver señas de un ataque extraño. Lo que temía: en una casa vieja es frecuente que se metan gatos a la casa, y más cuando hay mujeres bonitas como Goya.

En la escena del crimen, me sigo preguntando cómo es que las decoraciones de madera no sufrieron daño alguno. Como si Semefo hubiera tenido la astucia de vigilar en dónde caía. Pero no había nada de rastros de huellas de gato o duendes o de, como su cultura sugiere, Djines. Semefo volvió a la casa y, tras una guerra de empujones y bastoneos, lo hicimos subir las escaleras y lo dejamos en su cama. Primera vez que entro en su cuarto desde que él está ahí. Al querer prender la luz, notamos que el foco estaba fundido, así que luego de proponerme cambiarlo después, nos las arreglamos para meterlo en la cama. Quizá esta ayuda extra molestó a Semefo, pues nada realmente le impedía hacerlo solo. Sin embargo, tuvo que aguantarse porque no tuvo tiempo de buscar sus frases en su maquinita.
Goya salió de su cuarto y se asomó para ver qué pasaba. El deleite de pupilas de Diabloadentro y, bueno, también el mío, no se hizo esperar porque ella llevaba un atuendo de descanso tan decente que nadie de sangre azteca se atrevería a entrar con él en la iglesia. Mejor a ráiz, dirían la monjas.
Un buongiorno salió de las encías de Diabloadentro porque no podían salir de otra parte. Y a eso siguió una sonrisa algo idiota porque ella regresó el saludo y después comenzó a proferir palabritas italianas que ni yo comprendí. Luego, nos preguntó qué había pasado con Semefo.
No es fácil decirle a un extranjero muchos detalles, como no le podría decir todavía que yo y Diabloadentro estábamos viendo sobre la rehabilitación de otra parte de la casa, pues lo que antes parecía un escenario de tertulias podría convertirse en una sala de estudio, en un área de juegos o, como Diabloadentro sugería con esa mirada que ya le identificaba de pensamientos malignos: una alberca para ver a Goya en paños menores o hacer que el pobre Semefo se cayera. En eso estábamos cuando se escuchó la caída por las escaleras de algo seco y metálico. Y luego de ello, la caída, más ruidosa, de Semefo.
Al ir hacia las escaleras luego del ya sabido qué se oyó, vimos el zapato de Semefo colgando de un escalón, luego el otro hasta la parte baja de la escalera; uno más en el barandal, Dos más, uno en cada pie de Semefo que ya se estaba levantando, y una sandalia estaba colgando de su oreja a modo de audífonos.
Pero todo esto se resumió en un "se cayó de las escaleras, pero todo está bien. Nada grave. ¿Todo bien en la escuela?"
No esperaba que dijera después de un sí, y unos instantes de silencio, que ella había visto un topo en el baño. Diabloadentro, apenado, dijo que posiblemente fue su culpa de no haberle bajado a la taza. Yo, con un poco más de conciencia de que ella no hablaba bien, le pregunté junto con un gesto de mi mano si "topo" era algo grande y si "topolino" era algo pequeño. ella dijo que sí. Prometí encargarme de ese problema y, para tal efecto, como la casa era grande y el animal ya no estaba en el baño, intenté contactar tantas manos como me fue posible. Había un intruso en la mansión y tenía que traer otros más para sacarlo.
El buen Semefo, para ahorrar luz, se levantó con todas sus fuerzas y revisó que todo en su cuerpo estuviera en orden y sólo dolorido. Finalmente, haciendo memoria de que la luz estaba prendida en su habitación, presionó nuevamente el apagador.

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